miércoles, 6 de mayo de 2026

BOSQUE Y RAIZ

 

Bosque / Raíz.

Redes, tramas vitales. 


Hay una memoria que no se ve, pero sostiene.
Una trama silenciosa que conecta lo que parece separado.

Esta muestra propone detenernos en ese entramado:
la raíz que se expande bajo tierra y el bosque que se eleva hacia la luz.
Dos dimensiones de una misma vida en relación.

Las obras de Victoria Mataran y Myriam Díaz construyen una poética donde lo biológico y lo humano se entrelazan, poniendo en tensión lo individual y lo colectivo, lo visible y lo invisible.
Pensar el bosque es también pensarnos:

como cuerpos situados, como parte de redes que nos atraviesan y nos constituyen.

 Artistas: Victoria Mataran y Myriam Díaz

  

Fue un Encuentro de Amigas muy particular, el público que se acercó al Museo comenzó observando con atención las obras, pero también había mucha necesidad de escuchar a las artistas, saber sus respuestas. Las que Myriam y Victoria nos iban a relatar.

Comienzan leyendo sus propias vivencias Myriam con las Raíces, Victoria con el Bosque. Escuchar. Escuchar el Bosque. Escuchar las Raíces. Escuchar la Naturaleza. Escuchar lo Profundo. Escuchar La Vida.

 
 


Raíces, infancia y territorio interior

Neutralizar no es borrar,
es suspender el ruido para que algo más profundo respire.
El ser humano habita en capas:
memoria, cuerpo, territorio.
Un árbol crece sin apuro,
pero no sin historia.
Sus raíces no solo buscan agua:
buscan tiempo.
Se enredan en la infancia,
en los primeros gestos,
en la tierra húmeda de lo que fuimos
cuando todavía no sabíamos nombrarnos.
Ahí, entre raíces,
también se construye la identidad.
El Ser humano, tal vez, aprende a reconocerse en lo que no controla:
la expansión de una rama, la persistencia de una sombra,
la belleza que no pide permiso para existir.
¿En qué momento dejamos de ser árbol?
¿O nunca dejamos de serlo?
Neutralizar es volver a ese punto
donde no hay exceso de forma ni de sentido,
donde el dibujo no representa
sino que respira.
Y entonces aparecen las preguntas:
El público que habita la sala comienza  plantearse:
¿Cómo es trabajar con la naturaleza y sus procesos?
¿Se puede intervenir desde lo artístico sin romper ese equilibrio?
¿Hay vivencias previas que empujan esta búsqueda?
Tal vez la respuesta no esté en el hacer,
sino en el escuchar.
En el caso de Miryam Diaz, antes del trazo
está la experiencia de haber sido raíz.
Habitar el bosque, la naturaleza agreste, convivir con lo invisible.
Estar frente a la naturaleza, no es entrar,
es dejar que ella nos habite que se corporice como identidad.
Hay presencias que no tienen forma,
no todas buscan ser vistas.
Algunas son memoria,
otras son miedo,
otras simplemente observan.

El misterio de la naturaleza, aparece en la obra de la artista, se apropia de su proceso creador, la contiene, la resguarda. En ese cuidado aparecen visiones, esas que quizás la artista creía no recordar.
Su obra transmite experiencias que se creían olvidadas, sobre un territorio que forma parte de ese universo que es la naturaleza, la que es autónoma y no nos pertenece,
Ella relata en sus pinturas ese universo que puede existir
sin necesidad de ser explicado.
Allí, en esa tierra
el ser humano es pequeño
pero intensamente vivo.
Respira distinto,
mira distinto,
duda distinto.
¿Dónde empieza el cuerpo
y dónde termina el paisaje?
El arte aparece como una forma de traducir
lo intraducible.
Después que la artista relata sus experiencias, comienza las preguntas:
¿Cómo es trabajar la naturaleza?
¿Se la representa o se la habita?
¿El proceso es control o entrega?
Primero la imagen se apodera de Myriam,  sus bocetos y sus preguntas que quedan abiertas.
La pintura aparece
no como resultado,
sino como territorio.
Pintar es entrar en ese gran mapa que contiene la naturaleza. Experimentar sobre esa cartografía, es aceptar que algo va a suceder
aunque no sepa en ese instante que puede pasar.
Y en ese gesto,
entre color y silencio,
ella vuelve a encontrarse
con lo que siempre estuvo ahí:
lo invisible,
lo esencial,
lo que no necesita ser explicado
para existir.

 

En la penumbra de su voz, el bosque vuelve a crecer.

La artista respira antes de hablar, y en ese gesto mínimo, esencial, inaugura un territorio.

 Nos relata que llegó al bosque para aprender a respirar en la naturaleza. Entre troncos que crujen, memorias antiguas, su cuerpo comienza a escuchar, así comenzó su descripción.

Victoria Mataran, nos cuenta que habitar el bosque no es instalarse, es ser lentamente desarmada.

El público observa su obra y paralelamente su relato.

Hay un silencio espeso, casi vegetal, como si las palabras también necesitaran enraizarse antes de nacer.

Habla de los fantasmas, pero no los nombra con miedo, sino con familiaridad. Son presencias que no exigen forma. A veces son una vibración en la piel. Son memorias del territorio, restos de otras vidas, o quizás proyecciones del propio cuerpo, cuando se enfrenta a la oscuridad sin mediaciones.

La oscuridad allí no es ausencia: es materia.

Habitar su cuerpo en el bosque de noche fue, al principio, un ejercicio de pérdida. La vista se retira, el oído se expande, la piel aprende a mirar. Las estrellas no están arriba, están en todas partes. Se filtran entre las hojas, se multiplican en los ojos abiertos, se alojan en el pecho como pequeñas pulsaciones de tiempo.

Las noches son largas, pero no vacías, están hechas de cantos intermitentes, de ramas que se mueven sin viento, de respiraciones que no siempre sabe si son propias. El misterio no es algo que se descifra: es algo que se acepta como compañía.

Alguien del público pregunta si tuvo miedo.

Ella sonríe y contesta: El miedo fue un idioma necesario, al principio gritaba, luego susurraba, y finalmente aprendió a escuchar lo que el miedo quería decirle. Porque el bosque no la amenaza: la revela, la tranquiliza, allí encuentra paz.

Habla entonces de la cartografía del paisaje.

Nos revela que no es una cartografía de caminos, sino de intensidades. Hay zonas donde el cuerpo se contrae, otras donde se expande. Lugares donde el pensamiento se apaga y otros donde arde. Su mapa no se dibuja con líneas, sino con experiencias: una piedra donde lloró, un claro donde dejó de pensar, un árbol donde apoyó la espalda y sintió que alguien más respiraba con ella.

El bosque no es un afuera, es una forma de entrar.

Otra pregunta surge: ¿cómo se vuelve obra todo eso?


Ella hace una pausa, más larga. Como si esa pregunta no pudiera responderse sin traicionar algo.

Dice que la escritura viene antes, pero no como explicación, como una necesidad. Un modo de acercarse sin empezar a concretar la imagen visual. En su relato al publico me lleva a pensar que escribe para perderse en el lenguaje, para abrir figuras donde luego la imagen pueda filtrarse a partir de la poética de sus palabras.

Sus dibujos no ilustran la experiencia: la persiguen.

Cuando finalmente pinta, ya no busca representar el bosque. Busca sostener el eco que quedó en el cuerpo. La línea no es un contorno, es un rastro.

Dice que lo poético no está en lo que hace, sino en cómo algo persiste en ser visible.

El público anota, pregunta, vuelve sobre lo mismo con distintas palabras. Quieren entender cómo es pasar una noche entera ahí. Qué se siente? Hay respuestas? Hay una transformación concreta?

Ella escucha con atención, con una paciencia que parece haber aprendido de los árboles.

Dice que hay preguntas que el bosque no responde porque no están hechas para ser respondidas.

Y que quizás la obra nace exactamente en ese lugar: donde la intriga no se resuelve, donde el misterio no se disuelve, donde el lenguaje se queda corto y sin embargo insiste.

La charla termina, pero algo queda suspendido.

Como si el bosque, de alguna manera, también hubiera estado ahí, escuchando.